
Una persona razonable debería ser capaz de ponerse de acuerdo con otra persona razonable, suponiendo que existan en el mundo real no una, sino dos personas con semejante característica, sin tener que utilizar una piedra, amonal, la política penitenciaria o un palo para “apoyar” sus argumentos. Palos hay de muchos tipos; para persuadir, para disuadir, para meterlos en las ruedas, medir la espalda de Sancho, y, también, para acercar una rama de cerezo demasiado alta, fabricar una caña de pescar o rascarse la espalda donde no llegan las manos.
Una persona razonable admite cosas razonables; no se mata, no se tortura, cualquier postura es defendible, cualquier asesinato es un asesinato. Todas las personas, sin excepción de ningún tipo, lo permitan o no el tiempo y la autoridad competente, merecen ser tratadas como tales en toda circunstancia.
Razonar ayuda bastante a la hora de tener un pensamiento estructurado que rija nuestras acciones dando un criterio lógico a la deseable capacidad de elegir una entre varias opciones en cualquier cruce de caminos, base de nuestro margen, poco o mucho, de libertad (toma ya). Razonar es saludable, gratuito, no engorda y, de momento, no es ilegal (creo). Razonando, razonando, se llega al fuego, a la rueda, a la física cuántica, a la microcirugía, a inventar la imprenta, la fotografía, la máquina de vapor, el rap, la lavadora, el teléfono o el google.
Si descartamos la opción de la racionalidad, que no significa un votante una ración, ni tampoco el “razonas o te mato”, si desistimos del acuerdo o consenso entre razonables, entramos en el resbaladizo mundo de lo arbitrario o en el aún más pringoso de lo “militar”. Los militares no razonan, está en sus códigos. Su trabajo consiste en obedecer. Las “razones” no son su especialidad; ellos son el palo.
Militares los hay en el ejercito español, aunque parezca mentira, y también en eta, aunque parezca todavía más mentira. Ellos también son el palo. Se limitan a cumplir órdenes. Siempre según el prospecto del perfecto militar intercambiable entre no importa que ejércitos reales o inventados; recibir instrucciones y actuar.
El razonamiento y las militaradas son, habitualmente, no siempre, (grandola vila morena), excluyentes, aunque ambas puedan producir monstruos. A la diosa razón, producto tal deificación de una pulsión religiosa como cualquier otra, aunque menos dañina, le sienta el caqui exactamente como a una virgen santa bajo palio un kalashnikov engrasado y humeante. Quien emplea la violencia legitima la violencia del “otro”, a la vista del “otro”, no de un tercero imparcial, sea el “otro” gudari, guardia, soporte técnico, tenor lírico, farmacéutica, versolari o actor porno. Si las violencias se retroalimentan, como suele ocurrir, la espiral del absurdo nos lleva a Gaza, Kosovo, Darfur, Guantánamo o Bagdad.
Hace no tanto tiempo la palabra pasamontañas no se utilizaba, como tampoco se decía subsahariano, ni altermundialista, ni globalización. No era una época mejor, todo lo contrario, veníamos de donde veníamos.
Los verdugos podían ser apacibles funcionarios como Pepe Isbert, por lo menos en el cine, el garrote vil se mantenía en uso, en perfecto estado de revista y los pelotones de ejecución estaban “operativos”. El pasamontañas, que utilizan tanto los de eta como la guardia civil o la ertzaintza, entonces, por el parecido evidente a lo que usaban los matarifes, se llamaba verdugo o capuchón, imágenes que remitían siempre al patíbulo.
-Ponte el verdugo, hijo, que hace un día malo, malísimo.
Ahora una madre ve a su hijo salir de casa con un verdugo y se parapeta en el sofá con bandera blanca, gases lacrimógenos, un buen puñado de tranquilizantes y el último libro de FAQ sobre el Ulster.
También utiliza esta pequeña prenda el subcomandante Marcos, un revolucionario que pide perdón por las molestias. Mandar obedeciendo. Un tipo menos violento que la mayoría de los centrales de segunda B. Armado, si. Combatiente, también. Verdugo no, que se sepa. En el México bronco de hoy, como ocurría en la Barcelona anarcosindicalista enfrentada al pistolerismo de los años veinte, hay que cuidarse, buey, cuidado en el barrio, cuidado en la frontera. Al menor descuido te achicharran a tiros, como hicieron con el mismísimo Emiliano Zapata, el Noi del Sucre y tantos otros.
Durruti, y muchísimos más libertarios, tiraron de pistola en no pocas ocasiones, para escoltar manifestaciones, para expropiar fondos y, doloroso pero innegable, para asesinar enemigos. El discurso de García Oliver sobre el terrorismo junto a la tumba de Durruti es estremecedor. No lo llamaban lucha armada, ni movimiento de liberación, no buscaban eufemismos, se declaraban terroristas, pensaron en responder al terror con más terror. Abandonaron las organizaciones, conscientes de que aquello solo podía entenderse como algo personal, venganza, al margen de la militancia, y empezaron a disparar.
No tenía razón García Oliver, no vencieron como él dice. Ni aún en el caso de ese triunfo supuesto matar, asesinar, eliminar, a algún gobernador civil u obispo metido a represor, podría entenderse como logro social de ningún tipo ni como condición sine qua non de nada. Ellos lo consideraban justicia. En realidad era venganza. Fueron conscientes de ello más tarde. La venganza es comprensible. Pero ciega y por tanto injusta. Ciega como se representa a la justicia en las alegorías. La figura de “los justicieros” es el lado más oscuro de la militancia libertaria, las cloacas del anarquismo. El anarquismo es una idea de fraternidad. El terror no. No es lo mismo defenderse a tiros de una agresión a tiros que ejecutar a alguien indefenso. No es lo mismo torturar a un detenido que leerle sus derechos. Durruti, Ascaso, García Oliver y tantos otros, personajes de su tiempo, nos dieron muchas lecciones, en muchos frentes. El lado terrorista de aquellas personalidades poliédricas es el más desagradable para muchos a los que Abad de Santillán llamaría “anarquistas pusilánimes”. Viva la pusilanimidad, en este caso.
El enemigo, el estado, sin que esto sirva de justificación pero si de explicación, venía de practicar el terror a gran escala enviando carne de cañón a las guerritas de los imperios, asesinando en masa miles de jóvenes obligados a morir y matar en África, creando sindicatos de pistoleros, llenando las cárceles de presos políticos, fomentando a los paramilitares fascistas, reprimiendo salvajemente las movilizaciones obreras.
El terror era y es una constante en los estados como acabamos de ver en el caso de la muerte de un nigeriano custodiado por la policía, o en su momento el asalto a las alambradas de Ceuta y Melilla, las comisarías de los mossos o los cuartelillos del benemérito instituto. La capacidad de la Guardia Civil para producir terror está fuera de toda duda.
Azaña cuenta, autopromocionándose sin duda, como decidió no fusilar a los revolucionarios de Figols. Sus consejeros presionaban. Azaña decidió, según él, que alguna vez había que cortar con esa “manía” de fusilar gente. Casas viejas parece que le desmiente.
Acaba de morir Pons Prades uno de aquellos militantes históricos que vivió en su infancia los años turbulentos. Explica en alguno de sus libros como su padre, libertario, bibliotecario y pacifista, le decía a menudo que el mejor amigo del hombre era un libro. Su tío, también, libertario, añadía que la mejor compañera era una pistola. Es absurdo e inoperante a efectos prácticos de comprensión, juzgar el pasado con criterios del presente. Aún así el terrorismo anarquista lastró el anarquismo hasta nuestros días.
El terrorismo bien hecho, efectivo en sus propios principios, tiene como objetivo implantar el terror. La venganza busca otra cosa, cobrarse una afrenta, saldar cuentas.
El terror es un clima que se busca. Ha funcionado muchas veces, sigue funcionando. Ha fundado estados y los mantiene. Fundar lo que sea sobre el terror puede ser funcional, como demostró Franco sobreviviendo en el poder cuarenta años gracias a su práctica intensiva. Lo que no es, es razonable. Ni justo. Ni humano. Edificar sobre el terror es construir monstruos. Lo sabe todo el mundo.
Tan, tan, tan, el garrote alzando están, versificaba Valle Inclán, el literato visionario que hace a su más grande personaje, Max Estrella, solidarizarse con el anarquista preso al que confiesa la alegría de leer en los periódicos las muertes de empresarios bajo las balas revolucionarias. El mismo Valle que pedía una dictadura “como la de Lenin” y una guillotina eléctrica en la Plaza Mayor. El mismo Valle que hace ochenta años ejercía de profeta bajo la sensación del cloroformo:
-Yo auguro una era argentina de socialismo y cocaína.
En Euzkadi, o Euzkal herria, o lo que sea, algún día tendrán que reflexionar sobre los logros éticos o sociales de su terrorismo y acerca del tipo de estado que pretender fundar sobre charcos de sangre. A lo peor les sale uno como el de los reyes católicos.
Tan, tan, tan. El garrote alzando están.
Abel Ortiz